El cuerpo de Eva Perón fue secuestrado, paseado por Europa, recortado y finalmente devuelto a su Patria. Desde 1976 descansa en un barrio que es símbolo contrario de la causa a la que ella dedicó su vida. La Recoleta donde sobran los cacharros para cocinar todas las comidas y sirven cada tanto para hacer ruido contra un gobierno. Peronista.
Algunos huéspedes no fueron políticos de Argentina, pero forman parte de su historia under. Cerca del ingreso descansa Liliana Crociati de Szaszak, la novia de 26 años que en 1970 falleció aplastada por una avalancha en medio de su luna de miel en Austria. Ese mismo día, a muchos kilómetros, murió su perro Sabú. Ahora la acompaña por toda la eternidad en la estatua de bronce que la madre de Liliana mandó a hacer de los dos. Si de noche despiertan seguro visitan a Evita, que de amores cortos y apasionados entiende.
La historia más romántica del cementerio, y uno de sus mayores atractivos turísticos, está plasmada en la magnífica obra del escultor Félix Jules Coutan. Bajo la misma moran los restos del Teniente Coronel Luis María Campos, casado con Justa Urquiza, hija del General. Ella encargó al artista un homenaje a su marido vestido con su uniforme militar. Sobre el lateral izquierdo, aparece ella extendiendo en su mano un ramito de jacintos, como el que él le regaló el día que se conocieron. Al pie derecho del Teniente reposa una figura femenina que lo observa con admiración: la Patria. En la cima de la escultura un ángel indica el camino al cielo.
¿El dinero compra la entrada al paraíso? Algunos no están seguros y por las dudas escatiman
en símbolos espirituales. Menos angelitos y más hormigón. La bóveda de la
familia Noble Herrera, dueños del Diario Clarín, es una de las más modernas e
irónicamente tiene la forma de un cajero automático. Cariñosamente apodada
Banelco. Es un laberinto, lleno de pasillos estrechos. Algunos curiosos se arman de coraje para avanzar por los rincones más desiertos. No es tan sencillo pasear por un cementerio, no es como un parque o un museo aunque tenga esa relevancia. Por más estatuas de angelitos que la custodien, la experiencia de compartir un espacio con cadáveres de todas las épocas, de todas las edades, termina atravesando el cuerpo como un chucho de frío. Con cada paso sonoro en la soledad, el visitante rescata detalles como que algunas esculturas en realidad son representaciones de la Parca. No sólo los fantasmas de los huéspedes hielan la sangre, sino también el miedo a que suceda algo malo en el mundo de los vivos. ¿Nunca nadie lo pensó? Para secuestrar un niño o atacar a una mujer no hay escenario más idóneo. Ni siquiera parece un lugar seguro. Con un poco de maña se puede ejecutar un asesinato en cuestión de segundos y hasta esconder las evidencias en cualquier bóveda o cajón medio abierto. Por suerte nadie lo pensó sino ya hubiera pasado.
- Disculpe señorita. ¿La tumba de Eva Perón?
- Siga derecho hasta el pasillo lleno de gente.
Risas. Que la tumba de Evita sea la más visitada ya es un chiste colectivo. ¿Por qué a quienes visitan la Recoleta les interesa tanto esa mujer que representaba todo lo contrario de la opulencia que los deslumbra? ¿Sabrán sobre la Evita que se recogía el pelo en un rodete todas las mañanas para trabajar por su pueblo descamisado? ¿O solo conocen el mito de la mujer que se fue de Los Toldos y llegó a Primera Dama? La Eva de Madonna, de “No llores por mí, Argentina”, la del cuento de hadas. ¿Cuál es la Eva que convoca?
No lejos de ella, de hecho bastante cerca, descansan los restos de quien dio la orden de secuestrar su cuerpo tan querido. Al General Pedro Aramburu, quien gestó el golpe de Estado que derrocó el segundo mandato de Juan Domingo Perón, no le alcanzaba con tenerla muerta y en silencio. Su simple presencia física gritaba el amor de un pueblo dispuesto a continuar el camino sembrado por el peronismo. Aramburu los proscribió y mandó a eliminar todo símbolo de sus conquistas, incluyendo el cuerpo de Evita que pasó a manos del infame coronel Carlos de Moori Koen. Un despreciable que metió el ataúd en una camioneta que estacionó durante meses por Buenos Aires. Luego lo exhibió como un trofeo de pie en su oficina. Finalmente Eva fue embarcada a Milán para ser enterrada en una fosa con el nombre María Maggi de Magistris.
El 1970 la organización Montoneros secuestró a Aramburu con el objetivo de negociar la devolución del cadáver. La misión no fue exitosa. El ex presidente de facto fue asesinado por Fernando Abal Medina de un tiro de pistola en el sótano de la estancia La Celma en la localidad de Timote, partido de Carlos Tejedor, provincia de Buenos Aires.
En 1974 reanudaron el plan: integrantes de Montoneros robaron el cuerpo de Aramburu e intentaron negociar un canje que no se concretó. Evita fue devuelta al General Perón en 1971 por el entonces presidente de facto Alejandro Agustín Lanusse en Puerta de Hierro (Madrid). Al morir Perón, María Estela Martínez, quien lo sucedió en el poder ejecutivo, ordenó traer a Eva de vuelta a Argentina. En 1976 la dictadura militar entregó el cuerpo embalsamado a la familia Duarte quienes le dieron sepultura en su bóveda de la Recoleta.
Con los huesos de Aramburu al final no se hizo una escalera. Se guardaron en un mausoleo en el mismo predio que su gran enemiga. Irónicamente, por su forma baja, plana y cuadrada, es una de las construcciones más elegidas por los visitantes y por los gatos que custodian a los muertos para sentarse a descansar.
¿Se encontrarán Evita y Aramburu en las tertulias del más allá? ¿Habrán alcanzado un punto de armonía o cuentan con bandos de espectros enemistados? ¿Hay peronismo después de la muerte? Ya lo sabremos.
Urbana













