CULTURA URBANA
Es
capaz de quedarse inmóvil en una misma posición hasta que alguien le tire
alguna moneda, pero ahora se mueve constantemente porque para ella la jornada
laboral terminó. La estatua, que no es de piedra sino de carne y hueso, remueve
el maquillaje blanco de su rostro del mismo modo que los comerciantes bajan las
persianas de sus negocios. Así, mientras algunos se van y otros llegan, comienza
la transformación que sufre la peatonal Lavalle cada vez que baja el sol.
“Los
Inmortales” se lee en el cartel del conocido café, que desde 1966, es elegido
para continuar la noche luego de cualquier espectáculo. Sin embargo, son varios
los muertos que descansan en lo que pareciera ser un cementerio de cines. La
lista es larga y los cadáveres se pueden ver desde Carlos Pelegrini hasta la
intersección con Florida. Si es posible la resurrección, será sólo en dos
formas -iglesia evangélica o paseo de compras-, sino quedarán los restos de lo
que fue y ya no será nunca más.
Cerca
del cruce con Esmeralda, un pasillo largo y angosto repleto de ropa de colores
estridentes llama la atención de los visitantes. Es la entrada del antiguo cine
Trocadero, hoy convertido en un paseo
de compras. En la vereda está el vendedor, de unos 50 años, que a los gritos
invita a echar un vistazo. La mercadería es mucho más barata que la que se
puede encontrar en cualquier otro comercio de la zona y él lo sabe, ese es el
anzuelo.
A una cuadra hay un palacio, pero no se ve ningún castillo, no hay príncipes, princesas o reyes; ninguna realeza. Sólo hay una montaña de basura en una esquina y gente revolviendo las bolsas. El palacio, que en realidad es “de las papas fritas”, es uno de los últimos destellos de luz y noche porteña que le quedan a Lavalle porque luego de atravesar Florida todo parece morirse un poco más.
No
obstante, antes de esa agonía anunciada, el caminante puede disfrutar de
espectáculos callejeros alrededor de los cuales los turistas se amontonan
dispuestos a reír un rato. También están las luces del Bingo Lavalle que llaman la atención de aquellos que prefieren
probar suerte o tomar un trago mientras escuchan la incansable melodía de las máquinas
de azar. Otros son los juegos que hay en Magic
Plays un lugar donde entretener a los más chicos pareciera ser la consigna.
Sin
embargo, la diversión no es para todos, hay otros que miran de afuera. “Dale
tomá, tomá, tomá. Dale boludo te dije que tomés”, le grita en la cara un adolescente
de unos 15 años a un nene de 10. Tienen una botella de cerveza y en el suelo otros
tres chicos se ríen a carcajadas. Así la noche se adueña de la calle en la que
el cine ya no lo es, la estatua camina cansada y niños corretean entre
tarjeteros de cabarets, sex-shops y ofertas de cine porno.
Así, desde
la intersección con Reconquista hasta la avenida Leandro Alem gana terreno el
cemento, que como una lápida sepulta todo lo que encuentra a su paso. Las
sucursales de los bancos lucen persianas grises y en la sede de posgrados de la
Universidad del Salvador solo hay penumbra.
Fronteriza
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