domingo, 1 de septiembre de 2013

Una postal un poco cambiada

CULTURA URBANA


Es capaz de quedarse inmóvil en una misma posición hasta que alguien le tire alguna moneda, pero ahora se mueve constantemente porque para ella la jornada laboral terminó. La estatua, que no es de piedra sino de carne y hueso, remueve el maquillaje blanco de su rostro del mismo modo que los comerciantes bajan las persianas de sus negocios. Así, mientras algunos se van y otros llegan, comienza la transformación que sufre la peatonal Lavalle cada vez que baja el sol.
“Los Inmortales” se lee en el cartel del conocido café, que desde 1966, es elegido para continuar la noche luego de cualquier espectáculo. Sin embargo, son varios los muertos que descansan en lo que pareciera ser un cementerio de cines. La lista es larga y los cadáveres se pueden ver desde Carlos Pelegrini hasta la intersección con Florida. Si es posible la resurrección, será sólo en dos formas -iglesia evangélica o paseo de compras-, sino quedarán los restos de lo que fue y ya no será nunca más.
Cerca del cruce con Esmeralda, un pasillo largo y angosto repleto de ropa de colores estridentes llama la atención de los visitantes. Es la entrada del antiguo cine Trocadero, hoy convertido en un paseo de compras. En la vereda está el vendedor, de unos 50 años, que a los gritos invita a echar un vistazo. La mercadería es mucho más barata que la que se puede encontrar en cualquier otro comercio de la zona y él lo sabe, ese es el anzuelo.
Más adelante, en la segunda peatonal más conocida de Buenos Aires el paisaje es más o menos el mismo. La nostalgia domina el recorrido y en cada cuadra se pueden ver las placas que recuerdan a los antiguos cines Luxor, Electric y Ocean. Uno de los pocos que aún queda en pie es el Normandie, y el Rose Marie que desde 1998 se llama Multicine, en donde actualmente se proyecta cine porno.   
A una cuadra hay un palacio, pero no se ve ningún castillo, no hay príncipes, princesas o reyes; ninguna realeza. Sólo hay una montaña de basura en una esquina y gente revolviendo las bolsas. El palacio, que en realidad es “de las papas fritas”, es uno de los últimos destellos de luz y noche porteña que le quedan a Lavalle porque luego de atravesar Florida todo parece morirse un poco más.
No obstante, antes de esa agonía anunciada, el caminante puede disfrutar de espectáculos callejeros alrededor de los cuales los turistas se amontonan dispuestos a reír un rato. También están las luces del Bingo Lavalle que llaman la atención de aquellos que prefieren probar suerte o tomar un trago mientras escuchan la incansable melodía de las máquinas de azar. Otros son los juegos que hay en Magic Plays un lugar donde entretener a los más chicos pareciera ser la consigna. 

 Sin embargo, la diversión no es para todos, hay otros que miran de afuera. “Dale tomá, tomá, tomá. Dale boludo te dije que tomés”, le grita en la cara un adolescente de unos 15 años a un nene de 10. Tienen una botella de cerveza y en el suelo otros tres chicos se ríen a carcajadas. Así la noche se adueña de la calle en la que el cine ya no lo es, la estatua camina cansada y niños corretean entre tarjeteros de cabarets, sex-shops y ofertas de cine porno.
Así, desde la intersección con Reconquista hasta la avenida Leandro Alem gana terreno el cemento, que como una lápida sepulta todo lo que encuentra a su paso. Las sucursales de los bancos lucen persianas grises y en la sede de posgrados de la Universidad del Salvador solo hay penumbra.


Fronteriza 

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