martes, 3 de septiembre de 2013

Recorrido sexual para todos los gustos

CURIOSIDADES

El barrio Once conforma un centro comercial de la Ciudad de Buenos Aires. Los precios módicos y la locación estratégica permiten una circulación diaria de miles de personas que buscan productos difíciles de encontrar. En este escenario, una llamativa cantidad de sex shops se esconde tras las multitudes.





Las vidrieras suelen exponer maniquíes con prendas de lencería erótica sobre fondos de cortinado rojo pasión que bloquean el contenido interno del local. Las puertas de vidrio grueso, en ocasiones cerradas y en otras entreabiertas, producen un reflejo molesto al ojo curioso. Imposible disimular, quien quiera descubrir los secretos de esos negocios debe vencer el pudor e ingresar.
De todos los sex shop que se reparten por las avenidas principales de Balvanera, Buttman es el más imponente. Ubicado en Av. Corrientes y Junín, su estructura es distinta a la de sus competidores: es muy grande, su vidriera luce 3 maniquíes con muestras de lencería y algunos juguetes. Las puertas siempre abiertas revelan un pasillo profundo compuesto por anaqueles iluminados y rebosantes de secretos pícaros para aquellos osados que experimentan con la sexualidad humana, asistidos por lo que el ingenio y el mercado crearon para cada gusto o fetiche.
El primer tramo de anaqueles está forrado de pornografía. Aún con Internet las películas XXX son de los productos más lucrativos del negocio. Las caras de los compradores son de concentración y disimulo mientras fuerzan la vista para leer los títulos de las portadas. Los jóvenes se acumulan en grupitos chillones que no disimulan pero se neutralizan en equipo.
Los pitos de todos los colores, formas, tamaños, diseños, sabores y olores son el atractivo mayoritario. Buttman ofrece al cliente nuevas tecnologías en vibradores con resultados imposibles de concretar en carne y hueso. A medida que se avanza por el pasillo los objetos se vuelven más extravagantes: lenguas vibradoras, consoladores masculinos, aparatos de sadomasoquismo.


Al final del pasillo cuelgan los disfraces eróticos con sus respectivos folletos. Por una noche el cliente puede ser un animal, personal doméstico o administrativo, dirimirse por el cielo o el infierno u optar por accesorios fetichistas con cuero, cadenas, esposas, látigos y correas. 

     El cliente que finaliza el recorrido puede incorporar a su compra accesorios para erotizar sus hogares. Los mostradores finales contienen cajas con golosinas fálicas. La caja registradora sintetiza la operación, cuando el valor de la satisfacción es descubierto. El objetivo claro del sex shop es proveer los elementos para que cada uno pueda concretar sus fantasías, a un precio razonable.
Urbana

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