Una de las maravillas menospreciadas de nuestra ciudad es el barrio de Parque Chas. Pesadilla de taxistas y peatones. Su fama de laberinto se la ganan su calles circulares, peculiares en una ciudad cuadrillé. No es inusual un paisaje así en Europa y será por eso o no, pero sus calles llevan el nombre de alguna zona del viejo continente. El video ilustra la vivencia de muchos que se aventuran por el tranquilo pasaje decorado de casitas paquetas que rodean su centro histórico.
No es poco común encontrar transeuntes desorientados por estas cuadras.
EL COMIC
En 1987 el número 36 de la revista FIERRO publicó la primera tirada de la historieta Parque Chas. Encontrando inspiración a sus calles laberínticas, Eduardo Risso (dibujante) y Ricardo Barreiro (guionista) dieron vida a relatos y personajes fantásticos. La serie de once capítulos fue un gran éxito en Argentina y viajó hasta varios paises de Europa.
Tapa del Libro con las historias completas
publicado en Alemania
Ediciones Puro
Comic, Diciembre
2004
Recopilación completa de los once capítulos
"En Buenos Aires también tenemos un triángulo de las Bermudas urbano: el
no-euclidiano barrio de Parque Chas." (Reflexiones de un protagonista)
Ubicado en la zona contigua al Puerto de Buenos Aires, en la hoy denominada Costanera Sur, es uno de los establecimientos que albergó una innumerable cantidad de personas recién llegadas a la Argentina para quedarse.
"Los argentinos descienden de los barcos", reza un dicho popular. Es que gran parte de la historia argentina se debe a la llegada de miles de europeos, que arribaron al país durante los siglos XIX y XX.
Desde la presidencia de Domingo Faustino Sarmiento, se creía que para el crecimiento del país era fundamental poblar el territorio; poblarlo con europeos, personas experimentadas en diferentes trabajos, que podían aportar sus conocimientos a los nativos de la región, con el fin de crear una nación próspera.
Durante, y hasta cinco años después de terminada la Segunda Guerra Mundial, la ola de inmigración hacia el territorio argentino aumentó notablemente. Se estima que para 1960, 12 de los 20 millones de habitantes que tenía la Argentina, eran de origen extranjero.
En 1911, durante la presidencia de Roque Sáenz Peña, previendo la inminente oleada inmigratoria, se creó un complejo de edificios en el Puerto de Buenos Aires, para responder a las necesidades de la corriente inmigratoria proveniente del viejo continente y, en menor medida, de Oriente Medio. El complejo estaba conformado por el desembarcadero, la Oficina de Trabajo, un Hospital y, la última construcción inaugurada, el Hotel de Inmigrantes.
Este establecimiento es un edificio de cuatro pisos, diseñado para albergar a 4 mil personas, que fue fundamental para el apoyo a quienes accedían al país, a través del Puerto del Río de la Plata. En los tres pisos superiores se encontraban los dormitorios, que contaban con camas de hierro y cuero crudo, y baños provistos de agua caliente y fría.
En la planta baja estaba el comedor, al que se asistía en turnos de hasta mil personas por vez, donde se servían las cuatro comidas fundamentales. Contaba con cocina, panadería, carnicería, biblioteca y un espacio donde se ofrecían diversos talleres.
Actualmente este edificio funciona como museo y sólo se puede acceder a su planta baja, donde está montada la muestra.
El
barrio Once conforma un centro comercial de la Ciudad de Buenos Aires. Los
precios módicos y la locación estratégica permiten una circulación diaria de miles
de personas que buscan productos difíciles de encontrar. En este escenario, una
llamativa cantidad de sex shops se esconde tras las multitudes.
Las
vidrieras suelen exponer maniquíes con prendas de lencería erótica sobre fondos
de cortinado rojo pasión que bloquean el contenido interno del local. Las
puertas de vidrio grueso, en ocasiones cerradas y en otras entreabiertas, producen
un reflejo molesto al ojo curioso. Imposible disimular, quien quiera descubrir
los secretos de esos negocios debe vencer el pudor e ingresar.
De
todos los sex shop que se reparten por las avenidas principales de Balvanera, Buttman es el más imponente. Ubicado en
Av. Corrientes y Junín, su estructura es distinta a la de sus competidores: es muy
grande, su vidriera luce 3 maniquíes con muestras de lencería y algunos
juguetes. Las puertas siempre abiertas revelan un pasillo profundo compuesto
por anaqueles iluminados y rebosantes de secretos pícaros para aquellos osados
que experimentan con la sexualidad humana, asistidos por lo que el ingenio y el
mercado crearon para cada gusto o fetiche.
El
primer tramo de anaqueles está forrado de pornografía. Aún con Internet las
películas XXX son de los productos más lucrativos del negocio. Las caras de los
compradores son de concentración y disimulo mientras fuerzan la vista para leer
los títulos de las portadas. Los jóvenes se acumulan en grupitos chillones que
no disimulan pero se neutralizan en equipo.
Los
pitos de todos los colores, formas, tamaños, diseños, sabores y olores son el
atractivo mayoritario. Buttman ofrece
al cliente nuevas tecnologías en vibradores con resultados imposibles de
concretar en carne y hueso. A medida que se avanza por el pasillo los objetos
se vuelven más extravagantes: lenguas vibradoras, consoladores masculinos,
aparatos de sadomasoquismo.
Al
final del pasillo cuelgan los disfraces eróticos con sus respectivos folletos.
Por una noche el cliente puede ser un animal, personal doméstico o
administrativo, dirimirse por el cielo o el infierno u optar por accesorios
fetichistas con cuero, cadenas, esposas, látigos y correas.
El cliente que finaliza el recorrido puede
incorporar a su compra accesorios para erotizar sus hogares. Los mostradores finales
contienen cajas con golosinas fálicas. La caja registradora sintetiza la
operación, cuando el valor de la satisfacción es descubierto. El objetivo claro
del sex shop es proveer los elementos para que cada uno pueda concretar sus
fantasías, a un precio razonable.
Es
capaz de quedarse inmóvil en una misma posición hasta que alguien le tire
alguna moneda, pero ahora se mueve constantemente porque para ella la jornada
laboral terminó. La estatua, que no es de piedra sino de carne y hueso, remueve
el maquillaje blanco de su rostro del mismo modo que los comerciantes bajan las
persianas de sus negocios. Así, mientras algunos se van y otros llegan, comienza
la transformación que sufre la peatonal Lavalle cada vez que baja el sol.
“Los
Inmortales” se lee en el cartel del conocido café, que desde 1966, es elegido
para continuar la noche luego de cualquier espectáculo. Sin embargo, son varios
los muertos que descansan en lo que pareciera ser un cementerio de cines. La
lista es larga y los cadáveres se pueden ver desde Carlos Pelegrini hasta la
intersección con Florida. Si es posible la resurrección, será sólo en dos
formas -iglesia evangélica o paseo de compras-, sino quedarán los restos de lo
que fue y ya no será nunca más.
Cerca
del cruce con Esmeralda, un pasillo largo y angosto repleto de ropa de colores
estridentes llama la atención de los visitantes. Es la entrada del antiguo cine
Trocadero, hoy convertido en un paseo
de compras. En la vereda está el vendedor, de unos 50 años, que a los gritos
invita a echar un vistazo. La mercadería es mucho más barata que la que se
puede encontrar en cualquier otro comercio de la zona y él lo sabe, ese es el
anzuelo.
Más
adelante, en la segunda peatonal más conocida de Buenos Aires el paisaje es más
o menos el mismo. La nostalgia domina el recorrido y en cada cuadra se pueden
ver las placas que recuerdan a los antiguos cines Luxor, Electric y Ocean. Uno de los pocos que aún queda en
pie es el Normandie, y el Rose Marie que desde 1998 se llama Multicine, en donde actualmente se
proyecta cine porno. A una
cuadra hay un palacio, pero no se ve ningún castillo, no hay príncipes, princesas
o reyes; ninguna realeza. Sólo hay una montaña de basura en una esquina y gente
revolviendo las bolsas. El palacio, que en realidad es “de las papas fritas”,
es uno de los últimos destellos de luz y noche porteña que le quedan a Lavalle
porque luego de atravesar Florida todo parece morirse un poco más.
No
obstante, antes de esa agonía anunciada, el caminante puede disfrutar de
espectáculos callejeros alrededor de los cuales los turistas se amontonan
dispuestos a reír un rato. También están las luces del Bingo Lavalle que llaman la atención de aquellos que prefieren
probar suerte o tomar un trago mientras escuchan la incansable melodía de las máquinas
de azar. Otros son los juegos que hay en Magic
Plays un lugar donde entretener a los más chicos pareciera ser la consigna.
Sin
embargo, la diversión no es para todos, hay otros que miran de afuera. “Dale
tomá, tomá, tomá. Dale boludo te dije que tomés”, le grita en la cara un adolescente
de unos 15 años a un nene de 10. Tienen una botella de cerveza y en el suelo otros
tres chicos se ríen a carcajadas. Así la noche se adueña de la calle en la que
el cine ya no lo es, la estatua camina cansada y niños corretean entre
tarjeteros de cabarets, sex-shops y ofertas de cine porno.
Así, desde
la intersección con Reconquista hasta la avenida Leandro Alem gana terreno el
cemento, que como una lápida sepulta todo lo que encuentra a su paso. Las
sucursales de los bancos lucen persianas grises y en la sede de posgrados de la
Universidad del Salvador solo hay penumbra.